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¿FUTOPÍAS “PATRÓN FIFA”?
Costa Rica en Brasil 2014

Sergio Villena Fiengo*

En Costa Rica, la articulación entre fútbol y nacionalismo atraviesa distintos momentos y adquiere diversos matices ideológicos. Inicialmente, fue vehículo para las aspiraciones modernizantes de las élites liberales cafetaleras de finales del siglo XIX, empeñadas en construir la nación con la mirada puesta en las capitales europeas: el fútbol, como también la ópera, se convirtió en emblema de civilización. Pero pronto se difundió y arraigó entre los sectores populares, predominantemente rurales, adquiriendo un rasgo particular del caso costarricense: su profunda articulación con la tradición campesina, con el imaginario nacionalista bucólico.

Posteriormente, servirá para interpelar a las masas crecientemente urbanizadas, promoviendo su fidelidad a valores tradicionales, campesinos y católicos, como la humildad y la sencillez, pero también el rechazo de aquellos rasgos de la vida campesina considerados un lastre para las aspiraciones modernizantes, como la autonomía individual asociada a la vida rural “enmontañada”. Empero, la recepción popular parece haberse realizado despojando al fútbol de la impronta civilizatoria que le imprimieron las élites al momento de su importación, de manera que la afición “a la tica” implica menos una adhesión a la racionalidad moderna que un fuerte apego emocional –cercano al culto religioso– a la práctica deportiva.

La articulación entre fútbol y nacionalismo se inicia con la conformación de la primera selección nacional masculina mayor (“la Sele”) y su victoria en los Juegos Centroamericanos del Centenario (Guatemala, 1921). Ese primer éxito deportivo convertirá al fútbol en un juego profundo y patriótico, en un vector para la narrativa “étnica metafísica”, que ancla la creencia en la “excepcionalidad” nacional en el contexto centroamericano y caribeño en torno a la “blanquitud” y el “pacifismo” del campesino costarricense. Sin embargo, salvo momentos excepcionales, como los Juegos Panamericanos de México 1958, la geografía del fútbol costarricense estará restringida a su vecindario inmediato.

La primera participación en una fase final mundialista será en Italia 90; la clasificación a octavos de final será el momento apoteósico en la búsqueda de reconocimiento internacional. Ese ingreso a los escenarios mundiales del fútbol fue interpretado según los valores propios del “nacionalismo étnico metafísico”, en base a los cuales se busca reconocimiento a escala global: no es casual que el jugador más celebrado, Mauricio “el Chunche” Montero, haya sido considerado la encarnación misma del “labriego humilde y sencillo”, viril defensor del honor de la patria.

 

Durante las eliminatorias a la Copa Mundial Corea-Japón 2002, cuando se logra una segunda clasificación, se introducen algunas importantes variantes en el contenido de los discursos nacionalistas asociados al fútbol. La reafirmación de la pertenencia nacional fue enmarcada en un proceso de reelaboración de las narrativas oficiales sobre la identidad nacional, en función de los tiempos globales y neoliberales. Particularmente, el presidente de la república de entonces propone una interpretación del acontecimiento deportivo de la “clasificación” que pretende una renovación de la axiológica nacional, acordes con los imperativos del sistema mundo.

Rodríguez (1998-2002) sanciona, como ideología oficial, el sentido común neoliberal. Busca establecer los fundamentos –intelectuales, afectivos, morales– de una nueva articulación hegemónica y formas de subjetividad acordes con los procesos de globalización. Con excepción de los elementos religiosos, parecía que la tradición campesina, fuertemente asociada al Estado benefactor de corte socialdemócrata, se había convertido en un obstáculo para las transformaciones económicas, sociales, políticas y culturales que demandaba el despliegue del modelo neoliberal. Curiosamente, en un proceso de acumulación por desposesión cultural, esos elementos de la tradición serán funcionalizados por los creativos publicitarios para “glocalizar” las marcas transnacionales en el mercado local.

Esa línea interpretativa, respaldada por los medios de comunicación afines al proyecto neoliberal – y empeñada en convencer a la población de que “sí se puede” competir “de tú a tú” en las lides globales– parece haber logrado arraigo en alguna “gente de fútbol”, quienes –acorde con las políticas de FIFA– han mostrado creciente entusiasmo por la globalización y comercialización del fútbol nacional. Pero esta tendencia no encontró respaldo oficial en el nuevo gobierno (Abel Pacheco, 2002-2006), que se mantuvo más bien distante de la Sele, aun cuando esta clasificó para Alemania 2006. Esa distancia fue tal que gran parte de los jugadores, resentidos por la indiferencia presidencial ante su sacrificada y patriótica labor, “dejaron plantado” al mandatario, que les había invitado a un almuerzo homenaje.

Pero el uso del fútbol como vector para el discurso neoliberal estaba ya instalado en el imaginario nacional. El siguiente gobierno (Óscar Arias, 2006-2010), tuvo como principal política acelerar el proceso de integración del país en la economía global, principalmente mediante la firma de tratados de libre comercio, destacando los suscritos con Estados Unidos y China. La importancia otorgada al fútbol en este proceso se evidencia en que uno de los puntos negociados por el presidente al establecer relaciones con China fue la solicitud para que ese país, organizador de los Juegos Olímpicos de Beijing 2008, donara un nuevo estadio nacional a Costa Rica.

Esa obra, construida en tiempo récord por los propios chinos, fue inaugurada en 2011 y presentada por el gobierno, que no pudo celebrar una nueva clasificación a fase final (Sudáfrica 2010), como una prueba incuestionable de los beneficios de la globalización. El “estadio más moderno y con mayor tecnología de Centroamérica y el Caribe” fue considerado como el escenario ideal para que Costa Rica demuestre que estaba en condiciones de alcanzar un lugar de privilegio en el escenario internacional. Para evitar dudas sobre las aspiraciones, se organizó una serie de partidos inaugurales que, además del obligado encuentro con la selección del país donante (2:2), enfrentó a la Sele a sus pares de Argentina (0:2), España (2:2) y Brasil (0:1).

El nuevo escenario servirá para proyectar a Costa Rica también como un país capaz de organizar eventos deportivos internacionales. Si bien no se aspira a organizar megaeventos como los Juegos Olímpicos o las Copas Mundiales de Fútbol, las autoridades y dirigentes deportivos querían demostrar que el país podía ser sede de algún evento mundialista. Para confirmarlo, se organizó primero los Juegos Centroamericanos (2013), experiencia con la cual se enfrentó la prueba de oro: la Copa Mundial Femenina Sub 17 (2014). Superados los problemas de organización y gestión que estuvieron a punto de provocar la pérdida de la sede, ese evento constituyó el momento deportivo estelar del gobierno de Laura Chinchilla (2010-2014), que había mantenido un bajo perfil durante las eliminatorias hacia Brasil 2014.

Precisamente, la Sele llega a Brasil con el entusiasta respaldo del nuevo presidente, Luis Guillermo Solís, quien –en medio de un turbulento inicio de gestión– ofreció un almuerzo en casa presidencial y compartió un desayuno en el “Proyecto Gol”. Con un renovado entusiasmo por la “hazaña mundialista” de Italia 90 rescatada en un reciente largometraje, el equipo carga con el imperativo de demostrar que Costa Rica es un ambicioso país emergente, capaz no sólo de “participar” sino también de “competir” en las grandes ligas. Sin embargo, su ubicación en el denominado “grupo de la muerte” y los modestos resultados en los amistosos previos a la Copa provocan serias dudas.

Quizá por ello el entrenador, el colombiano Jorge Luís Pinto, haya apelado una vez más al recurso religioso que, incólume, habita la illusio del fútbol y del nacionalismo costarricense: “Que la divina providencia nos permita hacer en el mundial mucho de lo que hicimos ante Irlanda [empate 1:1]”. Muchos se han unido a esa imploración, pidiendo una tregua en las protestas populares contra la Copa.

Por mi parte, sin embargo, simpatizo con los ciudadanos brasileños y sus justas demandas de servicios públicos: “patrón FIFA” ¡Otro fútbol es posible!

 

* Sociólogo por la Universidad de Costa Rica. Es Coordinador académico regional de FLACSO.

 
   
 
       
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