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El fÚtbol, la patria, sus alrededores y las instituciones: una Última vuelta de tuerca de despedida

Pablo Alabarces*

Alo largo de poco más de un mes, de cinco cuadernos, de casi veinte textos, hemos tratado de presentar distintas visiones de colegas de todo el continente sobre el fútbol, el Mundial que se fue –junto con la Copa, porque no se quedó con nosotros–, nuestras sociedades, nuestras miserias, orgullos, memorias, relatos, deseos y dolores. Hemos dicho mucho: podríamos profundizarlo y extenderlo, la tarea en la que estamos embarcados desde hace muchos años. Hemos tratado de dejar claro que las relaciones entre el deporte y las sociedades son mucho más complejas que la reducida versión usual presentada por el periodismo deportivo: la idea de un fútbol que refleje nuestras comunidades. Sin ir más lejos, el excelente lugar final que alcanzaron varios equipos latinoamericanos no puede, de modo alguno, reflejar un ranking que en el terreno de la economía, la dura materialidad de la vida cotidiana de nuestros pueblos, sigue distante de un segundo o cuarto o sexto puesto mundial: nuestro continente jamás se entromete en los primeros treinta lugares de, por ejemplo, el Índice de Desarrollo Humano del PNUD.

Como hemos argumentado en otras notas a lo largo de la Copa(1), en última instancia, antes que de reflejos, todo es cuestión de ficciones. La primera, que un territorio, un cuerpo de leyes, un Estado y varios millones de conciudadanos/as constituyen una nación. No hay ninguna naturaleza en esto: no nos une la sangre ni la tierra (tierra de la que ni siquiera somos dueños), sino una serie de ficciones en forma de memorias, historias y relatos que a todo eso, para colmo, lo llaman Patria. Es una ficción poderosa, y sobre ella se basa buena parte de la modernidad –por lo que no podemos discutir su eficacia. Y hay una segunda ficción: la de que grupos de hombres jóvenes –y sólo hombres jóvenes–, vestidos con unas prendas cuyos colores recuerdan más directa o más vagamente los colores de una bandera, representan a esa patria en unos acontecimientos cada vez más globales llamados Mundiales de Fútbol.

Y sin embargo, creemos en esas ficciones. Si no creyéramos la primera, no habría naciones ni historias ni actos patrióticos en las escuelas –es posible que no hubiera escuelas–; si no creyéramos en la segunda, la FIFA sería un institución benéfica. Esas creencias son las que sostienen todo lo que ha venido ocurriendo este mes: desde las publicidades que le ponen camisetas nacionales a los productos más ridículos hasta los gritos altaneros de los relatores televisivos; desde los peregrinajes

populares a Brasil hasta las entradas compradas en la reventa por cifras inverosímiles; desde los pavoneos de los políticos en las tribunas cariocas –o la exhibición de presidentes con camisetas, como recordaba el colombiano David Quitián– hasta los festejos callejeros o las manifestaciones de protesta uruguayas de las que hablaba Gerardo Caetano; de los rituales televisivos en compañía hasta la proliferación de videos personales, “memes”, twitteos y debates en Facebook sobre la sexualidad de Lavezzi o la heroicidad de Mascherano, en el caso argentino.

Porque, para colmo, es fútbol: un deporte masculino –o en el que su práctica femenina está minuciosamente oculta o prohibida, como recordaron Carmen Rial, Verónica Moreira y Beatriz Vélez–, y la patria es cosa de hombres, por una simple cuestión de poder (y abuso). Por otro: el fútbol es nuestro deporte más democrático, en el sentido simultáneo de su posibilidad abierta a las clases populares –por eso abundan los relatos épicos del ascenso social– y del modo en que cruza todas las clases sociales –y esto se ha radicalizado en las últimas décadas, en que algo tan plebeyo como el fútbol pudo incorporar hasta a las burguesías.

Entonces, esa mezcla de democratismos y ficciones poderosas se cruza con la condición excepcional de los mundiales, un rito periódico que demora cuatro años en repetirse. Si los mundiales fueran todos los años, nada de todo esto ocurriría: la FIFA –que no es una institución benéfica– sabe que la escasez incrementa el precio de la mercadería y por eso la retacea. Sabe que tiene en sus manos la mercancía más valiosa de la industria cultural, y la administra con tanta sabiduría como corrupción, excesos, prepotencia, autoritarismo y grosería: en fin, como corresponde al capitalismo globalizado.

A todo esto le debemos agregar la increíble facilidad del fútbol para cargarse de emotividad. Algunas falaces –el llanto, la historia desgarradora, el melodrama– y otras más propias del juego: algo indudable, después de que a lo largo de este mes ocurrieran tantas cosas que nadie sabía que iban a ocurrir. Lo impensado, lo imprevisible, lo sorpresivo, hasta lo bello: aquello que a muchos nos tiene pendientes de algo tan banal como un partido de fútbol, de algo tan ficticio como que en un Mundial juega algo parecido a la patria. Una vez que aceptamos el pacto y creemos en esas ficciones, gozamos y sufrimos con ellas.

Sin embargo, una vez terminada la Copa, podemos abandonar la emotividad, desplazar la memoria de

lo bello o lo sorpresivo –el triunfo alemán no forma parte de ese repertorio–, y retornar al mundo duro de lo real. Se debatió en estos Cuadernos la relación de la Copa con las protestas y con los gobiernos; se discutió, en sus comienzos, sobre la posibilidad de reclamos populares que finalmente dieron paso al predominio del goce. Esa ausencia de protestas –al menos, con la magnitud que las ocurridas en 2013 hicieron profetizar– no implica el regreso del mito del “opio de los pueblos”: es factible que podamos pensar, simplemente, que la sociedad brasileña privilegió el disfrute futbolero antes que la continuidad del reclamo. Esa sociedad es además mucho más compleja que sólo los que protestaron en 2013, los que amenazaron protestar en 2014 o los que insultaron a la presidenta en la inauguración o en la final: es una sociedad atravesada por diferencias de clase, género, etnia y deseos. Provisoriamente, suspendió la protesta: si la retoma, y en qué dirección, será su propia discusión.

Pero donde sí puede volverse importante nuestra intervención, hoy, como primer saldo de la Copa, es en señalar lo que ha quedado a la vista de todos y todas, futboleros y futboleras, o simples espectadores ocasionales y meramente “coperos”: una tarea urgente es marcar duramente la responsabilidad de las dirigencias deportivas –y la complicidad de las dirigencias políticas– en todos los saldos negativos. En la prepotencia de la FIFA, en sus injusticias, en su pretensión intolerable de establecer una juridisccionalidad superior a la de los estados nacionales, en su voluntad explícita de volver mercancía hasta el goce, en sus corruptelas indisimulables. En la complicidad afirmativa –y generalmente explícita– de las dirigencias deportivas nacionales latinoamericanas, que aplauden explícitamente o silencian vergonzosamente esos desaguisados, para no perder sus privilegios y su porción de la torta. Es uno de los saldos, quizás el más visible y el más irritante. Hay otros sobre los que deberemos detenernos en otros momentos –el rol de los medios de comunicación, la inequidad pavorosa del poder económico entre las ligas, el flujo unidireccional de exportación de jugadores hacia las grandes ligas europeas, el modo en que esas ligas saquean las divisiones formativas tercermundistas para luego desplegar selecciones “multiculturales” y jactarse de sus tolerancias.

Por ahora, terminemos estos Cuadernos limitándonos a señalar que, después del disfrute futbolero, nuestras tareas siguen intactas.

Referencia:
1. Hemos desplegado estos argumentos especialmente en dos notas periodísticas publicadas durante el Mundial, en la revista Anfibia (http://revistaanfibia.com/nueva/ensayo/el-mundial-es-ficcion/) y en el diario Perfil (http://www.perfil.com/columnistas/Futebol-e-patria-mais-uma-vez-20140712-0057.html), ambos de Buenos Aires.

* Es Doctor en Filosofía por la Universidad de Brighton (Inglaterra), Magister en Sociología de la Cultura en la Universidad Nacional de General San Martín y licenciado en letras por la Facultad de Filosofía y Letras de Buenos Aires. Es docente en distintas universidades de Argentina y Brasil.

 
   
 
       
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