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Artigas y SuÁrez. El “lugar” del fÚtbol
en la sociedad uruguaya

Gerardo Caetano*

Escribo este texto en medio del Mundial. Y no puedo evitar escribir en primera persona por muchos motivos, entre otros porque he sido futbolista, una de esas profesiones que se es de por vida. Tal vez sea ese recuerdo imborrable del perfume del pasto recién cortado lo que me lleva a comparecer en medio de un aluvión agobiante de textos y conversaciones sobre Suárez, mezcla interminable de insensateces, exageraciones pero también de reflexiones sublimes, que he recorrido con pasión y que más bien alientan a abstenerse. Pero hay algo que me impide pasar de largo: tal vez esa imagen del Artigas de Blanes(1) “intervenido” por la cabeza de Suárez sea el mejor símbolo de lo que me pasa, en medio de esa invasión de sentimientos y pensamientos encontrados que –sospecho– están conmoviendo a muchos uruguayos.

Uruguay ha quedado eliminado por Colombia en octavos de final. Persiste todavía la intensidad de la emoción de los celebrados triunfos ante Inglaterra e Italia y, sobre todo, sobreviven los ecos y controversias a propósito de las desmesuradas sanciones impuestas por la FIFA a Luis Suárez. Este último ha sido protagonista en este último mes y medio de un periplo increíble, luego de su inesperada operación de meniscos, su recuperación en tiempo récord, su soñado retorno ante Inglaterra con dos golazos y el comentado incidente ante Italia, que le valiera la más dura sanción impuesta por la FIFA a un jugador en toda la historia de los mundiales. La sociedad uruguaya en un porcentaje amplísimo de sus integrantes se encuentra conmovida y abundan las señales sobre la intensidad popular de lo vivido. Tras lo que emerge en la superficie, advierto indicios de que algo importante nos ha pasado, algo inquietante que sin embargo todavía no podemos descifrar.

Como parte de un libreto mágico, todo parece haber ocurrido para ratificar y arraigar aun más ese escenario épico que para los uruguayos constituye la participación de su seleccionado en un Mundial de Fútbol. En efecto, solo hay dos momentos en los que la sociedad uruguaya se detiene y se concentra de manera casi “religiosa”: cuando su selección juega por un Campeonato del Mundo o el día de las elecciones nacionales. Incluso el fútbol parece comenzar a aventajar con claridad a la política como vector de una de las últimas pasiones “hiperintegradoras” que le van quedando al Uruguay. La dimensión de las expectativas, de las euforias y de las tristezas, la compenetración colectiva de los uruguayos con la celeste cuando disputa un Mundial, constituye el “rito” de mayor proyección en un país que persiste en reivindicarse laico frente a casi todas las creencias. En una sociedad de identidades débiles, allí radica empero una identidad sorprendentemente fuerte, siempre dispuesta a revivir. Pero el “caso Suárez” lo invade todo y concentra, casi monopoliza la atención, no solo entre los uruguayos sino también en las redes globales, esas que miramos con atención especial buscando –una vez más–ese espejo que nos revele, esa “imagen” y esa “mirada” del

“afuera” que otrora buscábamos en nuestro viejo idilio con los viajeros.

Más allá del caso en sí, hay una premisa que debe tenerse en cuenta: el lugar tan especial que el fútbol ocupa en la sociedad y en la historia uruguayas. El fútbol ha sido y ha vuelto a ser en esta última década nuestra épica, el lugar de emergencia de algunos de nuestros principales mitos. Siguiendo a Cirlot, podría decirse que es allí donde los uruguayos ven el origen de relatos fabulosos con personajes elevados a la categoría de héroes, con trayectorias que expresan conflictos cósmicos (que pese a todo también los tenemos, aunque a veces lo disimulemos o no nos demos cuenta), con usinas filosóficas (a menudo “de café” pero efectivas) que orientan valores difundidos y compartidos. Por muchos motivos, lo ocurrido con Suárez se ha radicado de modo especial en ese espacio.

En él parece converger casi todo para que fragmentos de su historia se vuelvan parte de un mito heroico: la humildad de sus orígenes; los avatares de su vida entre los suburbios salteños, la Blanqueada, Amsterdam, Liverpool; su ascenso progresivo y costoso en el fútbol hasta su “explosión” deportiva en Europa; sus muy especiales vínculos familiares (su familia desintegrada, sus seis hermanos, la entrañable historia de amor con su esposa, la devoción por sus hijos); el itinerario de sus auges y caídas; sus récords con la celeste; su forma singularísima de jugar (esa mezcla rara de potencia e intuición que no se enseña en ninguna escuela); su probada capacidad de superar la adversidad. Pero es sobre todo esa reiteración extrañísima en “morder”, un exceso muy raro en un futbolista, lo que confirma una desmesura que parece hacernos atisbar los trazos de una desesperación primitiva. Mis hermanos psicoanalistas Marcelo Viñar y Daniel Gil me han recomendado a propósito de este hecho la lectura atenta del texto de Freud “Los que fracasan al triunfar”.

Si algo faltaba para consolidarlo como mito, lo sucedido en este Mundial con el epílogo de su mordida a Chiellini llevan esa dimensión mítica hasta el paroxismo: su lesión imprevista, su recuperación insólita por lo rápido, el mal debut de Uruguay ante Costa Rica que lo hizo casi imprescindible en el peor momento, su partido sin duda épico nada menos que contra Inglaterra, haciéndole dos golazos y eliminando a la “pérfida Albión” (esa que tanto lo glorificó y lo atacó), en una suerte de “revancha perfecta” contra sus humillados detractores. Pese al escándalo, lo ocurrido contra Italia no modifica ese lugar porque su falta (que tiene que ver tal vez con la misma “locura” que lo hace ser un jugador imprevisible y excepcional), si bien reconocida (salvo por los necios que se suponen “astutos”), forma parte de esas infracciones que siempre se les perdona a los “héroes”.

Pero lo que en verdad termina de cerrar el círculo es esa sanción inaudita de la FIFA, esa “multinacional” todopoderosa que sin embargo se encuentra tal vez en su peor momento desde el

 

punto de vista de su legitimidad y su prestigio. ¿Qué buscaron los ignotos integrantes de ese desconocido comité disciplinario que lapidó a Suárez? ¿Su recuperación o quebrarlo en su mejor momento para luego disciplinarlo y volverlo dócil? Al sancionar de ese modo al máximo ídolo uruguayo, ¿no estaba un poco también el deseo de sacar del medio al seleccionado de Uruguay, ese “enano molesto” tan experto en humillar a los favoritos y a los poderosos? Más allá de todo hinchismo razonable (y de los otros), en buena parte de la afición uruguaya nadie podrá disipar la duda de que todo ha sido fruto de una “conspiración” contra la celeste y su héroe máximo. Y recordemos que las teorías conspirativas muy a menudo nos llevan al error, aunque no siempre. En todo caso, también puede ser un boomerang incontrolable para “esos viejos hijos de puta” (Pepe Mujica dixit) de la FIFA. Quien quiera entender del poder, que no deje de observar con atención especialísima el Mundial, ese torneo global que teatraliza tan bien ese “mundo injusto” del que nos supo hablar el capitán Lugano.

Esta selección de Tabárez reconcilió a la celeste con esa dimensión de “nacionalismo deportivo” sobre la que supo escribir Hobsbawm. Es de los pocos nervios nacionalistas en un país de identidades débiles, en el que el fútbol (como vimos, ahora bastante más que la política) vuelve a ser el gran vector de integración simbólica. Pero no puedo dejar de pensar en Suárez. Creo advertir en él una metáfora poderosa sobre el Uruguay actual, en especial sobre la marginalidad social y política de muchos jóvenes en un país envejecido. No debe ser “changa” cargar para alguien como Suárez con la condición de héroe. Sobre todo si se viene desde tan abajo, si en la mochila se traen experiencias tan contrastantes, tan imposibles de elaborar con equilibrio, sobre todo si se está tan a merced del poder, que puede ser el de esos “señores” de la FIFA (que conducen el fútbol mundial pero que no saben lo que es pegarle a una pelota), o también el de la hinchada, esa “mersa que olvida rápido” como tan certeramente ha escrito Galeano.

En un almacén de Montevideo alguien me dijo que escuchó que al padre de Suárez en Salto lo llamaban “el perro”. Leyenda, cuento deliberado o historia verdadera, tal vez poco importe. Con seguridad, con las trampas y las fuerzas de la memoria, nunca olvidaremos esta historia de Suárez con la celeste, que ojalá tenga sus mejores páginas en el porvenir. Pero para que esto último ocurra habrá que cuidarlo más y mejor. A él y a todos los jóvenes que él también representa con su historia, pero que no pudieron saltar al Ajax, al Liverpool o al Barcelona y que hoy quién sabe dónde y cómo andarán. En lo estrictamente personal, lo que tal vez menos pueda olvidar es esa desesperación que creo advertir tanto en las mordidas de Suárez como en la forma como festeja sus goles, con esos tres besos locos de alegría que, por suerte, tienen destinatarios bien concretos y específicos.

 

Referencia:
1. Juan Manuel Blanes (1830-1901), uno de los “maestros” de la historia de la pintura uruguaya, quien en el siglo XIX fue el autor de los principales ejemplos de la primera plástica nacionalista en el país. Entre ellos se destaca su famoso “Artigas”, uno de los símbolos máximos del culto artiguista.

* Historiador y politólogo. Universidad de la República, Uruguay. Presidente del Consejo Superior de FLACSO e Integrante del Comité Directivo de CLACSO. (Ex) Futbolista.

 
   
 
       
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