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LA SELECCIÓN MEXICANA DE FÚTBOL: ALGUNAS IMÁGENES, PREGUNTAS Y CAVILACIONES

José Samuel Martínez López*

ALGUNAS IMÁGENES EXTRAÍDAS DEL OCÉANO AUDIOVISUAL
Primera imagen: en una breve conferencia de prensa que se convirtió en noticia nacional y abrió la puerta a debates que aún no concluyen, Miguel “el Piojo” Herrera, técnico del Seleccionado Nacional masculino, con la pelota Brazuca a su lado derecho, un pequeño monitor a su lado izquierdo y un retablo de logotipos estratégicamente colocados al fondo, reveló a los más de 80 medios de comunicación presentes la lista de los 23 jugadores convocados para representar a México y “dar resultados seguros” en la gran fiesta mundialista de Brasil.

Segunda imagen: escoltado por los futbolistas Héctor Moreno y Javier “el Chicharito” Hernández, el vocalista kitsch de Moderatto (grupo pop que vive de parodiarse a sí mismo), asumiendo el rol de un aficionado incondicionalmente entregado a la selección mayor, avanza por un oscuro pasillo tocando cáusticamente su guitarra mientras entona con voz perfectamente chillona los siguientes versos: Desde lejos vine tras de ti/cual perfil verás que puedo/ esta vez no te me escaparás/ si te he jugado mal/ lo siento.// He esperado tanto tiempo este momento/ he entrenado tanto cada movimiento/ estoy listo para rematar/ solo hay que esperar el centro//. Como un crack reparto el juego/ no lo dejo para luego/ voy a llegar hasta el área/ y la llenaré de fuego//. No voy a parar/ y sé que al final/ voy a ganar/ no voy a parar / y sé que al final/ voy a ganar //.

Tercera imagen: como parte del Tour Copa Mundial de la FIFA (patrocinado por la empresa Coca Cola), Enrique Peña Nieto, Presidente Constitucional de los Estados Unidos Mexicanos, acogió en la residencia oficial de Los Pinos a la Copa FIFA (que representa a dos figuras humanas sosteniendo a la Tierra), se acercó a ella, la acarició y levantó –para beneplácito de los fotógrafos– por 12,5 segundos exactos, y en presencia del embajador de Brasil deseó éxito a esa nación sudamericana y, luego de reconocer que México pasó un proceso difícil para llegar a Brasil, expresó sus deseos de que la Copa “regrese a nuestro país de la mano de la Selección Nacional de Fútbol”.

Cuarta imagen: Antonio Vázquez Alba, el barbudo personaje del antiguo barrio de Santa María la Ribera –conocido como el “Brujo Mayor”– realizó una rueda de prensa a la que asistieron múltiples medios ante los cuales lanzó conjuros, leyó sin complicaciones el futuro y predijo que, aunque será goleada por Brasil, la Selección Mexicana de fútbol alcanzará los cuartos de final del Mundial 2014. Luego de afirmar que el “Piojo” ha integrado un “verdadero equipo, sin estrellas y con mucha armonía”, de inferir que según sus cálculos astrológicos “hay un 70 por ciento de posibilidades de que México llegue al quinto partido” y prometer que combatirá estoicamente la energía negativa que le envíen los brujos de otras selecciones a “los nuestros”, el “Brujo Mayor” manipuló frente a los reporteros un amuleto llamado el “mil manos” para que la portería azteca “esté muy bien protegida” y evite recibir goles.

Quinta imagen: con el objetivo de conectar –mediante la técnica del product placement– a los consumidores mexicanos con la marca global de P&G, el cómico mexicano Eugenio Derbez aparece en varios spots (de los productos Oral B, Ariel, Salvo, Gillete, entre otros), actuando como un coach que habla sarcásticamente a los aficionados al fútbol de hueso colorado: el llamado Fan Trainer, personaje que mediante juegos de lenguaje explica y reparte puntillosos consejos para lograr que estos seguidores se conviertan en el fan #1 y queden #MasQueListos para gozar del Mundial.

ALGUNAS PREGUNTAS OBLIGADAS SOBRE EL TRICOLOR
Extirpadas del monstruoso océano audiovisual de informaciones futbolísticas, las cinco imágenes arriba compartidas son una pequeña pero clara evidencia de la versatilidad temática, la elasticidad simbólica, la ramificada emotividad y la porosidad metonímica del “equipo nacional”; de ese emblemático grupo conformado por atletas
profesionales cuya disposición estética, raigambre cultural, vigoroso dinamismo económico, formidable poder de persuasión y eficiente capacidad de interpelación política desborda las añejas teorías aristocráticas del pan y circo, las miradas simplistas y mono-disciplinares, los sospechosismos

anacrónicos y prejuiciados, las elucubraciones mecánicas y las explicaciones maniqueas.

Nos referimos al alegórico “equipo de todos”, al combinado nacional (configurado por la estandarizada industria local del fútbol-espectáculo) que en el Mundial de Brasil, por cierto, está siendo transportado por un autobús patrocinado por Hyundai que lucirá el romantizado slogan de “siempre unidos, siempre aztecas”.

El mismo y a la vez diferente representativo nacional del que, desde mediados de la década de 1920 en que tuvo sus primeras disputas a ras de pasto, se han visto y hablado tantas cosas; aquel del que cíclicamente se han producido tantos relatos y consumido tantos clichés que hoy, por ser un entretenimiento que ya forma parte de la vida cotidiana y de los hábitos de consumo mediático de millones de mexicanos, se ha convertido en un tema de enorme interés a la vez que en algo “normal” e impensado, en un tema trascendente pero engañosamente simple y ordinario, en un tema cuya atracción nos parece obvia, necesaria, consanguínea y hasta natural pero que justo por haber establecido un sintomático lazo irreflexivo y sentimental exige un ejercicio momentáneo de desbloqueo para continuar posibilitando gozo.

En períodos como el actual, donde por el aluvión mediático crece el interés y la tensión psíquica, se eleva al límite la fiebre futbolera y se acumula incontenible la ansiedad de los aficionados al fútbol (homo soccers), vale la pena inquirir: ¿qué es exactamente la Selección Mexicana de Fútbol?, ¿qué funciones cumple? y ¿qué tipo de textos y discursos posibilita?

ALGUNAS CAVILACIONES SOBRE EL DENSO Y PARADÓJICO SÍMBOLO NACIONAL
Equipo deportivo conformado por 23 hombres adultos que por haber nacido (la mayoría de ellos) dentro del espacio territorial de la República Mexicana comparten primitivos lazos de sangre, la Selección Mexicana de Fútbol (la selección “mayor”, la que se oferta como la “importante”, la “seria” o la “verdadera”) representa en las competencias futbolísticas de carácter internacional a la comunidad nacional imaginada, a esa suma de fragmentos que genera la totalidad social que llamamos México.

Si bien el Tricolor es un equipo de fútbol conformado por jugadores profesionales de élite que, además de laborar como empleados dentro de la industria del fútbol espectáculo y de ser expuestos mediática y publicitariamente como prototipos, fueron convocados y elegidos verticalmente –entre un universo no mayor a 500 futbolistas– por una organización privada de origen civil y sin fines de lucro (la Federación Mexicana de Fútbol, asociación que por ser propietaria de este equipo lo usufructúa); por las virtudes de una operación metonímica que genera paralelismo y verosimilitud entre este equipo y la nación, la Selección Mexicana de Fútbol –aun cuando no depende del Estado ni es un bien público– se ha erigido para muchos mexicanos (especialmente para los que son aficionados al fútbol) en un relevante y denso símbolo nacional.

Paradójico símbolo laico (de gran carga emocional) proveniente de la industria del entretenimiento, el representativo nacional más que un equipo de fútbol es un artefacto cultural que hace posible el despliegue de hipérboles sumarias.

La Selección Mexicana de Fútbol es, por decirlo así, una tecnología para la convivencia y la producción de conversaciones; es una entidad significante que por haber sido investida con los colores de la bandera y estar asociada al nombre de México y por proyectarse profusamente a nivel mediático, ha adquirido un poder simbólico inusitado que lo ha convertido en un ambiguo elemento productor de communitas.

Símbolo laico sentimentalmente articulado al nacionalismo lúdico y light que promueven las marcas, la Selección Mexicana de Fútbol es un viscoso lugar común desde el que se mide el rendimiento y el éxito y se sanciona el fracaso; en un artefacto que a ojos de muchos ciudadanos (y para escándalo de muchos intelectuales) hace más inteligible al país; es un “objeto” que como pocos artefactos estimula imaginaciones, pasiones y narrativas que repercuten en los relatos con los que el grueso de los mexicanos nos auto-percibimos localmente y nos proyectamos a nivel internacional.

Es de forma inevitable un símbolo que al mismo tiempo concretiza la imagen idealizada de nuestro país pero que también vehiculiza la imagen deformada y exagerada. De hecho, por estar asociada a la idea de nación y por formar parte del arsenal simbólico con el que se promueve la liturgia patriótica, la Selección Mexicana de Fútbol, además de ser una fuente de orgullo patriótico y un elemento nodal para la autoestima nacional, hoy es un símbolo clave en la renovación de la axiológica nacional neoliberal asociada al éxito económico, a la idea de triunfo como única meta, a la eficiencia laboral y a la productividad.

Si bien es verdad que los encuentros atléticos de la Selección Mexicana de Fútbol son rituales laicos y actos cívicos-nacionalistas que ocupan un lugar protagónico en la topografía ceremonial del país, es muy importante recordar que por pertenecer al ámbito privado y a la industria del deporte-espectáculo este equipo es manejado gerencialmente desde la racionalidad económica y la lógica comercial como una “marca”, y por lo mismo es ofertado en el competido campo del ocio y el entretenimiento como una “mercancía simbólica”: un influyente “producto” con el que básicamente se busca vender ideas, servicios y productos de diversa índole, además, claro, de emocionar y divertir a quienes lo consumen.

Al igual que otras selecciones nacionales, el Tricolor es hoy un artefacto de gran rentabilidad simbólica, una tecnología que suscita la emotividad comunitaria vía los sonidos y la escópica. Enmarcado en el gran texto de la cultura mexicana, el Tricolor es un símbolo poroso y maleable que lo mismo se asocia al himno y la bandera, que a héroes patrios y arquetipos tan pretéritos como la Virgen Guadalupana, pero también a jabones y refrescos, a bancos y teléfonos, a automóviles y aerolíneas, a payasos, supermodelos en tanga y a políticos.

Pero la fuerza del Tricolor no solo radica en que cumple funciones comerciales, políticas o de entretenimiento, sino también en su función pedagógica y moralizante, ya que es un símbolo que educa la sensibilidad, que a su manera civiliza, que advierte determinados valores y formas de comportarse, que provee de un modelo ejemplar de competitividad y genera experiencias estéticas que favorecen la reelaboración y actualización del imaginario nacional.

Y por ello, a pesar de su uso evidente instrumental por parte de políticos y empresarios (por ejemplo cuando se le hace aparecer como un símbolo público del Estado-nación, cuando en realidad pertenece al ámbito privado y comercial), a este símbolo y a los jugadores-prototipos que lo conforman los cada vez más exigentes aficionados mexicanos, haciendo un proselitismo laico y renovando cíclicamente su esperanza, le reclaman buenos resultados deportivos. Le demandan que se comporte a la altura, que sea un equipo exitoso. Le exigen subrepticiamente que aporte alegrías y contribuya a aliviar el pesimismo. Lo instan a que sea un digno representante, a que sostenga la ilusión de la unidad nacional sin fracturas y ayude a romper el círculo de la tragedia y el victimismo. Le solicitan desmesuradamente que satisfaga los anhelos históricos de un país desigual, injusto y empobrecido, pero hambriento de reconocimiento, ávido de redención, de actos heroicos y de satisfacciones que hagan sentir que vale la pena ser mexicano.

De algún modo, lo que muchos aficionados no se atreven (por distancia social, por falta de una cultura democrática, por desconfianza o por franco escepticismo) a demandarle abiertamente a los partidos políticos, en buena medida se lo exigen indirectamente en sus conversaciones y especulaciones futboleras a la Selección Mexicana de Fútbol.

Y de ahí la ambigua y poderosa relevancia ganada por este artefacto, esta tecnología, este texto hoy central en la cultura mexicana contemporánea; por este símbolo laico polifónico, abierto, sostenido centralmente por la iniciativa privada para fomentar el consumo y la diversión, y usado instrumentalmente por el gobierno federal para animar la cohesión socio-semiótica y escenificar la impresión de unidad nacional.

La Selección Mexicana de Fútbol es pues un texto totalmente vertical en su planeación y producción racionalizadas, pero heterogéneo todavía en su consumo y lectura emocional.

* Maestro en Comunicación y Doctorante en Letras Modernas, por la Universidad Iberoamericana Ciudad de México, donde desde el 2003 es profesor-investigador del Departamento de Comunicación.

 
   
 
       
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