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Las trampas de la
imaginaciÓn sociolÓgica:
una respuesta a Fernando CarriÓn

Pablo Gentili*

Fernando Carrión es un excelente sociólogo. Transita de manera innovadora por diversos campos de las ciencias sociales y, en la sociología del deporte, nos ha brindado siempre aportes críticos muy valiosos. No podíamos dejar de contar con él en estos Cuadernos del Mundial, donde ahora publicamos su artículo, “Brasil 2014: el Mundial de lo social”.

Confieso que me sorprendió sobremanera el texto de Fernando, aunque no por el mismo motivo que algunos otros que había leído de él. En este caso, su aporte poco contribuye a comprender lo que ha ocurrido desde el inicio de la gran copa brasileña. Para decirlo futbolísticamente, me parece que a Fernando se le ha entreverado el equipo en la mitad de la cancha y sus argumentos son un tanto decepcionantes.

El texto de Carrión mezcla dos cuestiones que parecen estar relacionadas. Por un lado, el modelo prepotente y autoritario que impuso la FIFA a Brasil, así como años antes a Sudáfrica, para realizar el Mundial de fútbol. Por otro, el sentido de las manifestaciones ocurridas en el país sede desde mediados del año pasado, a las que Carrión le atribuye el poder de haber transformado éste en el Mundial “de lo social”. Dos cuestiones que, sin lugar a dudas, tienen algo que ver, pero no por las razones que él expone en su breve texto.

Fernando sostiene que “el pueblo brasileño se ha movilizado contra el manejo elitista que se ha hecho de la Copa”. No deja de ser verdad que razones para movilizaciones de este tipo han sobrado. Muchas las expone Carrión en su artículo. Entre tanto, no parece haber sido éste el motivo de las movilizaciones que se multiplicaron en Brasil desde hace un año atrás. Hubiera sido emocionante ver a la sociedad brasileña revelarse en las calles contra la intervención prepotente, prejuiciosa y colonial que ha realizado la FIFA en Brasil. Pero esto no ocurrió. Ninguna de las tantas movilizaciones que ha habido antes del Mundial han sido contra el dominio imperial de los “cartolas” del fútbol. Tampoco han sido contra la “Ley General de la Copa”, ni contra el precio de las entradas, contra el establecimiento de zonas de protección policial alrededor de los estadios, ni por ninguno de los motivos que deberían alarmar a un sociólogo del deporte.

Antes de la Copa, miles de jóvenes salieron a la calle en multitudinarias manifestaciones. Lo hicieron para expresarse a favor de una nueva forma de hacer y de ejercer la política, por la ampliación de la democracia y la necesaria mejora de los servicios públicos, en particular, del transporte, la educación, la salud y la seguridad públicas. No se movilizaron contra el Señor Josep Blater ni contra la burocracia corrupta que lo secunda, aunque bien lo hubieran merecido. Lo hicieron a favor de una sociedad más justa.

Como no podría ser de otra manera, la coyuntura de la Copa les aportó un justificado argumento que utilizaron de manera creativa y contundente: “queremos escuelas y hospitales padrón FIFA”.

Las movilizaciones interpelaron al gobierno nacional, pero también y de forma mucho más directa, a los gobiernos municipales y estatales, que son los gestionan los servicios públicos puestos en cuestión por su pésimo funcionamiento. También interpelaron a los representantes legislativos, al sistema judicial, a los medios de comunicación (en un país con una evidente falta de pluralismo y transparencia en sus órganos de prensa). Cuestionaron, interrogaron, enfrentaron, en definitiva, al poder. No al de la FIFA (lamentablemente), sino el poder oligárquico históricamente establecido en Brasil. Ese que se sustenta en la persistencia de la desigualdad, del elitismo, del racismo, de la violencia institucional contra los más pobres. No se movilizaron para cambiar a la FIFA, sino para cambiar a Brasil.

Pero el problema del artículo no se limita a una distorsionada interpretación del sentido de las movilizaciones. La lectura del texto de Fernando Carrión nos deja la impresión de que el inicio del Mundial multiplicó las expresiones de protesta callejera, lo cual es un error de interpretación. Ocurrió exactamente lo contrario. Más allá de las premoniciones de ciertos sectores de la prensa local e internacional, quienes amplificaban las amenazas de minúsculos grupos radicalizados y violentos, nada ocurrió. No han habido movilizaciones callejeras en ninguna de las grandes ciudades y, en los casos en que fueron convocadas, sólo participaron en las mismas algunas decenas de personas. (Ver la nota de La Garganta Poderosa: “Los gritos del Mundial”, en este mismo Cuaderno).

Quizás Carrión confunde las movilizaciones populares con el movimiento “Fora Copa”, cuya duración fue tan efímera e insignificante como la actuación de España e Inglaterra en el Mundial. Un movimiento sin otra referencia que la cancelación del evento, que fue sistemáticamente rechazado en todas las manifestaciones masivas (como al comienzo también lo fueron los partidos políticos) y que, al detonar el Mundial, se desmoronó bajo su tenue peso.

Hay dos motivos que explican por qué, algunas semanas antes y durante la Copa no han habido expresiones de protesta callejera.

Por un lado, la Presidenta Dilma Rousseff entendió las señales que emitían las movilizaciones y reaccionó políticamente, realizando una extraordinaria tarea de diálogo y negociación con los grupos y organizaciones movilizados. La prensa dominante nada dijo al respecto, pero desde la Secretaría General de la Presidencia, y bajo la coordinación de uno de los mejores ministros del gobierno nacional, Gilberto Carvalho, se llevaron a cabo decenas de reuniones, debates e intercambios que mucho contribuyeron a que la Copa se iniciara sin grandes procesos de movilización callejera. Los grupos movilizados hicieron política. El gobierno nacional, también.

Por otro lado, a nadie se le escapa que a la sociedad brasileña le gusta el fútbol, que explota de


alegría (o de tristeza) ante el desempeño de su selección. Quien conoce Brasil sabe que, en estas cuatro semanas, nada perturbará la pasión futbolística del pueblo brasileño, al menos, mientras su equipo siga ganando y Neymar continúe inventando milagros con sus botines. A los que nos gusta el fútbol pero nos dedicamos a las ciencias sociales, esta suerte de esquizofrenia política nos causa cierta perplejidad. Sin embargo, el fútbol y la política se encuentran siempre en los rincones más inesperados de la historia, algo que el mismo Fernando Carrión tanto nos ha ayudado a entender.

Más que el “Mundial de lo social”, este es el “Mundial de las promesas incumplidas”, no las del gobierno brasileño, sino las de la prensa y los sectores políticos conservadores, tanto nacionales como internacionales. Agoreros del caos, que anunciaron que las obras no serían concluidas, que colapsarían los aeropuertos, que los turistas sufrirían asaltos y ataques de hordas de delincuentes, que el transporte público sufriría un infarto paralizante, que las masas saldrían a las calles a reclamar por los gastos inadmisibles realizados en una fiesta innecesaria y despreciada por todos. Nada de esto pasó ni pasará. Estamos ante una de las mejores Copas del Mundo que se hayan realizado. Para algunos quizás esta sea una mala noticia. Afirmar que no lo es, que el Mundial brasileño es y será recordado como el Mundial de América Latina, con una organización y una infraestructura excepcionales, con una sociedad movilizada sí, pero alrededor de su selección, vibrando y soñando con la posibilidad de un nuevo campeonato, no significa doblegarse ante el poder colonial de la FIFA.

El silencio callejero de la Copa no debe confundirse con una sumisión pasiva al modelo FIFA de hacer política. Tampoco con la suposición de que, terminado el Mundial, la alegría del triunfo o la depresión de la derrota, borrarán las preocupaciones y necesidades presentes. Cuando termine la Copa, la vida seguirá su rumbo en Brasil. Si volverán o no las manifestaciones con la misma capacidad de convocatoria de un año atrás, no lo sabemos todavía. No es un detalle menor que tres meses después de consagrado el campeón, se llevarán a cabo elecciones nacionales. Y la coyuntura electoral será el escenario propicio para reactivar las justas demandas por un fortalecimiento efectivo de la democracia y por una ampliación de las importantes conquistas sociales de la última década.

Carrión tiene razón: el fútbol es un inmenso y espeluznante negocio. Sin embargo, no creo que, en Brasil ni en ningún otro sitio, por el momento, las masas vayan a movilizarse contra él. El 14 de julio se habrá hecho realidad la justa aspiración del “FIFA go home”. No porque el pueblo habrá echado finalmente de Brasil a esa espantosa multinacional del deporte, sino porque se habrá acabado el Mundial. Ese día, la vida y las luchas seguirán su curso. Vale la pena agudizar nuestra imaginación para entenderlas mejor.

* Secretario Ejecutivo de CLACSO.

 
   
 
       
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